HISTORIA II

HISTORIA DE AMÉRICA LATINA Y ARGENTINA
AMÉRICA Y ARGENTINA ENTRE LOS SIGLOS XIX-XXI
2025

América invertida, Joaquín Torres García, 1943

LA INTERRUPCIÓN DE LA DEMOCRACIA
 Y LA VUELTA DEL FRAUDE

1930 fue un año crucial para la historia argentina. El 6 de setiembre de ese año, por primera vez (y no por única, desgraciadamente), el ejército dio un golpe de estado contra el orden constitucional. El presidente Yrigoyen había vuelto al poder, con un mayor y decisivo margen de votos a su favor. En 1928 el paisaje electoral había cambiado rotundamente. Fue una elección en donde sólo se presentaron candidatos radicales, si bien totalmente opositores. Sólo el yrigoyenismo, reunió casi tres veces más votos que en 1916, sin contar a los antiyrigoyenistas. No hubo problemas para reunir los electores necesarios en el Colegio Electoral.
La legitimidad de Yrigoyen, pues, era mayor que en 1916. Pero no bastó para que 23 meses más tarde, el general Uriburu, jefe retirado, decidiera con el inocultable apoyo de los opositores conservadores y radicales, obligar al presidente a renunciar.
El 8 de setiembre el general Uriburu se hizo cargo del gobierno. Aparecía por primera vez una figura legal que sería invocada desde entonces por todos los gobiernos militares: el "gobierno de facto". Según la Corte Suprema de Justicia de 1930, en una famosa Acordada del 10 de setiembre, se consideró que las medidas de  todo gobierno que ejerciera el poder de hecho, independientemente de su origen, debían ser obedecidas, porque cumplían "con el fin de mantener protegido el orden público y a los individuos cuyos intereses pueden ser afectados".
El nuevo gobierno no tenía intenciones de solamente expulsar a Yrigoyen del poder. Deseaba reformar el orden institucional. Se había justificado al golpe de estado diciendo que la situación era caótica, que había desgobierno, que los gobernantes eran corruptos, que el presidente era incapaz de gobernar ya. Cierto es que el gobierno había perdido su caudal electoral rápidamente, que el ritmo de gobierno de Yrigoyen se había vuelto más moroso, que el partido gobernante estaba atravesado por internas fuertes y debilitantes. Pero también había ganado en cierta coherencia ideológica con el arribo de nuevos dirigentes de capas jóvenes que proponían proyectos avanzados para la época, como la nacionalización del petróleo. Ninguna de las acusaciones justificatorias fueron después demostradas.
José Félix Uriburu
Agustín Justo
Sea como fuere, el nuevo gobierno también llegaba dividido por líneas internas. El problema para algunos era Yrigoyen: sacando a los radicales yrigoyenistas (que eran vistos como el partido popular por antonomasia), prohibiéndolos, se podría volver rápidamente al orden constitucional, debidamente tutelado para que el pueblo no volviera a "equivocarse". Así, podrían volver a gobernar, la "parte más sana del vecindario", como se habría dicho en el siglo XIX. En esta perspectiva se enrolaba parte del ejército, con el general Justo, que había sido ministro del presidente radical Alvear. Era antipersonalista.
Pero Uriburu tenía sus propios proyectos fundacionales. No había dado un golpe de estado para permitir el regreso al poder de una clase decadente. Había que instaurar un orden corporativo, como en España con Primo de Rivera, o en Italia con Mussolini. Eran tiempos de espada, de las "últimas elites" que quedaban sin corromperse, las elites militares.
Mientras perseguía a los radicales, socialistas, anarquistas y comunistas, y mientras se hacía cargo a duras penas del impacto de la crisis de 1929 en Argentina, propuso un mecanismo de elecciones para normalizar la vida institucional con nacionalistas conservadores: debían realizarse elecciones escalonadas en las distintas provincias, y se daba por descontado el triunfo de los candidatos oficiales.
La primera se realizó en la provincia de Buenos Aires, y como era de preverse, resultaron triunfantes los yrigoyenistas, para sorpresa de un gobierno que de gobernar no entendía nada, porque concebía al país como si fuera un cuartel. Las elecciones fueron inmediatamente anuladas, pero el régimen quedó irremediablemente debilitado.
Los yrigoyenistas reaccionaron con revueltas armadas, duramente reprimidas. Pero se aprovechó la situación para encarcelar a todos los dirigentes radicales, incluyendo los antiyrigoyenistas o alvearistas, que habían festejado el golpe inicialmente.
Pero no había margen ya: se convocaron a nuevas elecciones generales para noviembre de 1931 y ante las opciones, Uriburu, de poca gana, hubo de inclinarse por el candidato "menos malo": Justo, el radical elitista, militar, apoyado por los poderes establecidos de la oligarquía terrateniente. El yrigoyenismo fue proscripto y así, resultó ganador Justo, con escandaloso fraude.
El 24 de febrero de 1932 la vida republicana se restablecía completamente, cuando juraba el nuevo presidente, el general-ingeniero Agustín Justo. Con él se iniciaba la "Década Infame".
El gobierno de Justo significaba la vuelta al "orden" liberal, agroexportador, probritánico, occidental. Argentina dejaba atrás las desviaciones de la democracia ampliada, para regresar al país gobernado por un cerrado grupo que se miraba como la elite, lo mejor de la sociedad.
Pero eso significaba reprimir cualquier disidencia. Así, el radicalismo yrigoyenista fue controlado. El mismo partido optó por una conducción más acorde a los nuevos tiempos, y la UCR quedó bajo la dirección del dialoguista Alvear, ex presidente, antiyrigoyenista. Esta conducción optó por la abstención electoral, al menos hasta 1936.
El gobierno tuvo que enfrentar los aún fuertes coletazos de la crisis mundial, y lo hizo aferrándose obstinadamente a la agroexportación. Por eso no dudó en negociar un desigual acuerdo con Inglaterra para mantener abierta la exportación de carne, aún a costa de grandes concesiones. El acuerdo, conocido como el Pacto Roca-Runciman, por el vicepresidente argentino y el encargado de negocios inglés que lo firmaron, fue firmado el 1 de mayo de 1933. Argentina, aceptaba, alegremente, un "estatuto del coloniaje", como lo caracterizó la oposición de un grupo de jóvenes intelectuales que comenzaron a apropiarse de las banderas del nacionalismo popular. En cambio, para Roca, Argentina debía sentirse "por su interdependencia recíproca, parte integrante del Imperio Británico".

El acuerdo permitía una cuota de carne a exportar a Inglaterra en condiciones ventajosas para los ingleses, favorecer a los frigoríficos ingleses sobre los de capital norteamericano y argentino, y aceptar la importación de productos ingleses, caros y tecnológicamente más atrasados que de otros países.
El acuerdo, que significó favorecer a los miembros del gobierno que eran terratenientes, fue denunciado infructuosamente en el Congreso. Casi en soledad, el senador por Santa Fe Lisandro de la Torre, representante de los intereses de los pequeños chacareros, logró documentar flagrantes casos de corrupción y negociados, además de doble contabilidad de ciertos frigoríficos, pero cuando exponía el asunto en el famoso "Debate de las carnes" del Senado, frente al ministro de Agricultura que era acusado duramente, un asesino a sueldo intentó matarlo. Si bien De la Torre salió ileso, murió su compañero de partido Enzo Bordabehere, el debate se suspendió y la investigación iniciada quedó cerrada.
La política oficial, además del Pacto Roca-Runciman, incluyó un mayor intervencionismo estatal en economía, pero siempre para favorecer a las grandes corporaciones. Así, las Juntas Reguladoras de muchos productos primarios intentaron subir los precios de las materias primas pero lo hicieron en favor de los grandes productores, aliados del gobierno conservador.
En 1936 un escandaloso negociado en Buenos Aires prorrogaba la concesión del servicio eléctrico a la Compañía Hispano Americana de Electricidad, por cincuenta años en total. Los principales dirigentes de la UCR quedaron implicados. Como dice Félix Luna, "donde se apretaba, saltaba el pus", por el estado de corrupción que contaminaba todo.
El orden conservador, controlado autoritariamente en la provincia de Buenos Aires por el gobernador filo-fascista Fresco, se mantuvo, fraude mediante, hasta las nuevas elecciones. Para los conservadores, era necesario hacer fraude, por eso se lo conoció como "fraude patriótico", pues el destino de la nación iba de la mano con el mantenimiento de un orden conservador.
Roberto Ortiz, presidente (1938-1942)
En 1938 el poder fue entregado al ex ministro Ortiz, de tradición radical, integrante de la alianza gobernante, la Concordancia. Ortiz, intentó, sin lograrlo plenamente, evitar el fraude escandaloso en las elecciones provinciales. Inició un programa de intervenciones provinciales contra los gobiernos fraudulentos, pero la guerra mundial alteró su presidencia con presiones que minaron su salud. Diabético, el presidente Ortiz debió renunciar para morir poco tiempo después de su salida de la presidencia, el 27 de junio de 1942.
La de Ortiz, tampoco fue una presidencia limpia. Graves escándalos salpicaron no solo al presidente, sino a importantes militares. La compra de tierras en el Palomar, para ampliar esa base militar, a precios sobrevaluados, llevaron a una investigación parlamentaria, que no terminó con asesinatos, pero afectó gravemente al gobierno, mientras detrás, aparecía la omnipresencia del ex presidente Justo, maniobrando en las sombras para debilitar a todos y quedar como una nueva opción presidenciable para las elecciones de 1944.
Con Ortiz fuera del poder, volvió a gobernar el grupo de conservadores más tradicional con el vicepresidente Castillo. Sin embargo, el Ejército salía más debilitado que nunca, porque los altos mandos comenzaron a ser impugnados y criticados por corruptos, por los mandos medios, los oficiales con mando de tropas. Así, surgió una logia secreta, el GOU, que comenzó a trabajar en las sombras para desplazar del poder a gobiernos tan corruptos e inoperantes, sobre el telón de fondo de la neutralidad argentina en la guerra.
El 4 de junio de 1943, el gobierno, debilitado por las conspiraciones, sin opciones de recambio, con Justo fallecido en enero de ese año, un golpe militar dado por el GOU colocó al ex ministro de Guerra Ramírez (luego de una fugaz presidencia del general Rawson) como presidente. Se ponía punto final a toda una larga etapa de la historia argentina.

Textos ampliatorios.
Drosdoff, El gobierno de las vacas. 
Bethell, Historia de América latina, tomo 10. Capitulo 4: Argentina, de la primera guerra mundial a la revolución de 1930, Rock, David. 


SEGUNDA PARTE


UNIDAD II
ARGENTINA DESDE 1943
EL ESTADO DE BIENESTAR Y EL POPULISMO


En 1943 los militares que tomaron el poder decidieron implementar un gobierno que transitó entre la más dura doctrina católica en la educación y la cultura, a la concepción industrialista en lo económico. El encargado de llevarla a la práctica fue Juan Domingo Perón, quien, en doce intensos años, transformó las matrices productivas y sociales de Argentina, para siempre.

El peronismo se transformó en el espacio político de manifestación de las masas populares, organizadas en las estructuras sindicales, y dirigidas desde el estado. Un estado que aumentó su influencia, intervención y planificación en lo económico y en lo social, con el ideal de la "comunidad organizada".
En el plano económico, el peronismo puso en práctica un plan de transferencia de recursos del campo a la industria, la ampliación del mercado interno, el pleno empleo y el bienestar social, que dio sus frutos hasta 1949. Ese año se disparó una crisis, en parte por la coyuntura internacional, que fue rectificada dentro de los preceptos tradicionales de la economía liberal: ajustes salariales (con suspensión de las convenciones colectivas), equilibrio fiscal, disminución de la inflación, aumento de la rentabilidad y de la productividad. La economía en 1952-1953 retomó su ritmo positivo, no a las tasas de crecimiento anteriores, pero igualmente de crecimiento. Por eso es inexacto considerar que el golpe de 1955 que derrocó a Perón de la presidencia fue determinado en parte por alguna mala gestión económica. Si el peronismo podía contener rasgos de recesiones, no las experimentó porque fue violentamente desplazado del poder.
Así, lo más intenso y renovador del peronismo se cifró en los aspectos políticos, ideológicos y sociales.
Construyó un amplio arco de consenso inicial en 1946, que tenía como aristas importantes a los trabajadores organizados en los sindicatos, en el partido Laborista y en grupos menores. La Iglesia apoyó tácitamente, e incluso algunos sacerdotes se hicieron abiertos defensores de la causa peronista inicialmente. Finalmente, los militares, transformados lentamente en un "partido" militar, quedaron expectantes, toda vez que uno de los suyos heredaba el poder. El peronismo inicialmente reivindicó el golpe de 1943.
Sin embargo, desde 1951, con la presencia cada vez más influyente de Eva Perón, los sectores más conservadores de Argentina comenzaron a ver con ojos poco condescendientes las pretensiones de cambio radical que algunos sectores peronistas manifestaban. Cuando, después de la reelección de Perón a la presidencia en 1951, se puso en marcha una fuerte "peronización" de la vida civil en el país, estos sectores de presión comenzaron a aglutinarse y a movilizarse.
En 1951 un intento de golpe de estado mostró un signo de inquietud en el Ejército. El peronismo no tomó nota y dobló la apuesta. Se inició la peronización de la vida cultural, y el régimen comenzó a mostrar rasgos autoritarios y confrontativos.
La prensa, la oposición comenzaron a ser controlados y limitados. Al fin, la Iglesia mostró también su opción. Frente a la política educativa, religiosa y cultural del peronismo (por otra parte con rasgos marcadamente tradicionales, como en la concepción del rol de la mujer, por ejemplo), la Iglesia vertebró a la dispersa oposición y la dotó de un carácter tan popular como el mismo peronismo.
La situación llegó a su punto culminante en 1955, cuando los ataques provocadores de la oposición incluso abarcaron bombas en lugares públicos, y un criminal bombardeo a la Plaza de Mayo el 16 de junio de ese año. 



El gobierno respondió con incendiarios discursos de su líder:

"A la violencia le hemos de contestar con una violencia mayor. (...) Como una conducta permanente para nuestro movimiento: aquel que en cualquier lugar intente alterar el orden en contra de las autoridades constituidas o en contra de la ley o la Constitución, puede ser muerto por cualquier argentino... La consigna para todo peronista, esté aislado o dentro de una organización, es contestar a una acción violenta con otra más violenta. Cuando uno de los nuestros caiga, caerán cinco de los de ellos", tronó Perón el 31 de agosto de 1955.
 
 
No había punto de retorno. El 16 de setiembre de 1955, desde Córdoba, el general Lonardi inició, con apoyo de la Armada de Guerra, un nuevo golpe de estado. Pero este golpe, era de una matriz novedosa: había venido no para "corregir" los excesos de la democracia, o de la demagogia, sino para impedir que se volvieran a cometer los "errores" del pasado.


UNIDAD II
SEGUNDA PARTE
EL DESARROLLISMO, EL MILITARISMO
 Y LA TEORÍA DE LA DEPENDENCIA

El modelo del desarrollo
Finalizada la guerra mundial, la ONU propuso la creación de organismos internacionales de estudios regionales para el desarrollo económico y social. En América latina, se creó la CEPAL, Comisión Económica para América Latina, donde cumplieron un rol destacado los economistas seguidores de las posiciones doctrinarias del argentino Raúl Prebisch.
Desde la CEPAL, se sostuvo un modelo de desarrollo basado en la importancia de la industrialización deliberada. Partiendo de las ideas del inglés Rostow, América latina
  • debía atravesar por etapas evolutivas de desarrollo hasta alcanzar formas de crecimiento autosustentables.
  • debía crear condiciones de desarrollo industrial de base, no subsidiaria de la agroexportación
  • debía contar con la coordinación y planificación estatal cuidada
  • debía estimular la concurrencia del capital extranjero para generar un proceso de acumulación que luego permitiera separarse de estas fuentes, para favorecer redistribución y desarrollo internos
El rápido crecimiento económico industrial del periodo (del que el peronismo dio cuenta en esta época intensamente), sin embargo desequilibró las balanzas de pago, porque la industria latinoamericana era fuertemente dependiente de la importación de materias primas, insumos y tecnologías. Por eso, las teorías de la CEPAL fueron revisadas y se puso el acento en una industrialización de base que sustituyera esas importaciones esenciales. Surgieron así las teorías desarrollistas que postulaban
  • profundizar la industrialización para el mercado interno
  • profundizar una expansión de las industrias de base
  • profundizar la ampliación de la infraestructura industrial
  • eficientizar la producción primaria para exportación
  • promover una fuerte inversión externa que supliera la falta de capitales locales, mediante una política de apertura de la economía y de disminución de los proteccionismos. 
Estas teorías económicas favorecieron una complejización de la economía pero no consideraron con detención los condiciomientos que imponía la apertura económica. Ni la CEPAL ni los desarrollistas consideraron que la inversión extranjera en realidad podía imponer condiciones y situaciones de dependencia al desarrollo. Efectivamente, la llegada de grandes capitales a la región agravó la dependencia económica, porque en muchos casos se desarrollaron procesos industriales subsidiarios de las grandes corporaciones, antes que lograr un desarrollo autónomo y competitivo.  Así
  • se agravó la dependencia de insumos importados
  • se aceleró la concentración económica en manos de grandes corporaciones
  • se produjo una fuerte transferencia de recursos y divisas al exterior, con la consiguiente descapitalización de cada país
  • no hubo transferencia de tecnología ni de conocimiento a las sociedades latinoamericanas
  • se impusieron los intereses más concentrados, lo que implicó una influencia sobre los estados nacionales, que debieron dar garantías de inversión, lo que redundó en una mayor dependencia económica y política respecto de las grandes potencias.
La tería de la dependencia y las vías revolucionarias del cambio
En 1956 un movimiento revolucionario había tocado tierra en Cuba, gobernada por un dictador sostenido por Estados Unidos. Resistiendo en las montañas, y con la creciente movilización urbana estudiantil, el grupo de revolucionarios conducidos por Fidel Castro, Camilo Cienfuegos, Ernesto Guevara y otros tantos, logró llevar la guerra a la capital. El 31 de diciembre de 1958 el dictador Fulgencio Batista se exilió en secreto. El 1 de enero de 1959 se iniciaba una nueva etapa en la atribulada isla.
Este hecho no pasó desapercibido para ningún espectador en el continente. Pronto Cuba se transformó en el modelo de revolución popular y en ejemplo de cómo las ideas revolucionarias podían triunfar y gobernar un país. Al fin aparecía en América un modelo opuesto al tradicional en lo político, económico y social.
Las izquierdas latinoamericanas, con una experiencia centenaria y decenas de intelectuales y políticos, con una larga tradición de luchas y de resistencias, tomaron nuevos impulsos.
Así maduró un paradigma de análisis de la realidad americana que se opuso a los modelos políticos, sociales y económicos liberales, capitalistas y de cercanía a Estados Unidos. De lleno, la guerra fría se abría paso desde entonces en la región.
Surgió así la Teoría de la Dependencia, interpretación de la realidad americana en términos críticos, para contestar a las teorías desarrollistas que se insistían, eran los modelos adecuados para lograr el desarrollo económico de la región.

En 1969 el texto de Enzo Faletto y Fernando Cardoso,  Dependencia y desarrollo en América latina, profundizó el debate. Frente a la teoría de que la dependencia latinoamericana era resultado de condiciones externas muchas veces, que sometían a la región a modelos de desarrollo europeos, los autores consideraron que condiciones internas también favorecían esa dependencia. Ciertas situaciones estructurales favorecían a grupos de poder en cada país que sostenían la dependencia, y los resultados de los conflictos, luchas y alianzas podían profundizarla o liberar a cada país de la dependencia.
Estas discusiones pusieron en boca de todos, conceptos como centro, periferia, desarrollo y subdesarrollo. Al calor de los debates, y de las experiencias históricas, América latina se comenzó a movilizar intensamente.
En 1970 en Chile triunfaba Salvador Allende en una trabajada elección democrática, con un programa de izquierda muy profundo. Además de Cuba, Chile aparecía como una nueva "vía al socialismo", democrática, institucionalizante y progresiva. Sin embargo, el golpe de estado del 11 de setiembre de 1973 la clausuró violentamente.
Los partidos revolucionarios, los grupos guerrilleros o de resistencia que corroían a las dictaduras latinoamericanas del periodo, no tuvieron muchas opciones que seguir. Así ganó terreno un profundo descrédito por la democracia y se fortalecieron los modelos revolucionarios que tomaban a Cuba como ejemplo.

El militarismo en Argentina
Desde principios de siglo XX, las fuerzas armadas se habían ido constituyendo en un poder, hasta tomar la suficiente conciencia de ese poder como para decidirse a gobernar o influir decididamente en el curso de la política de los estados. Argentina no fue la excepción.
En nuestro país, el ejército en particular, justificó las interrupciones del orden constitucional por medio de golpes de estado, con distintas doctrinas militaristas.

La doctrina de la “nación en armas”
Durante la Segunda Guerra Mundial y la posguerra, la doctrina militar predominante en el Ejército se basó en el concepto de la “nación en armas” y en la hipótesis de que la guerra era provocada por un enemigo externo. Las Fuerzas Armadas, cuyo rol principal es la seguridad de las fronteras, enfatizaban la necesidad de la autarquía económica, el desarrollo industrial y el reforzamiento del papel del Estado.
En 1943, los militares en el gobierno, por razones estratégicas, fomentaron y protegieron la industria, y a partir de 1946, Perón, presidente constitucional aunque salido de las filas del Ejército, promovió el desarrollo industrial y la independencia económica en nombre, entre otras cosas, de los imperativos de la defensa nacional.

La doctrina de la Seguridad Nacional
La doctrina de la Seguridad Nacional se desarrolló en los Estados Unidos a partir de la división del mundo en bloques, como producto de la Guerra Fría. Adquirió plena vigencia en América latina entre fines de la década de 1950 y principios de la de 1960, a partir de los cursos de entrenamiento llevados a cabo en la Escuela de las Américas, en Estados Unidos, destinados a los militares latinoamericanos.
La DSN postulaba que el enfrentamiento entre el Oeste (el mundo capitalista) con el Este (el mundo socialista) no se desarrollaba bajo la forma de una guerra convencional. El comunismo se definía como un enemigo y la originalidad residía en el hecho de que podía “infiltrarse” dentro de las fronteras del país. El imperativo de la seguridad nacional consistiría en erradicar a ese enemigo interno que podía actuar en todos los órdenes de la vida de un país (partidos, sindicatos, universidades o en el mismo gobierno).
Las Fuerzas Armadas reformularon entonces sus objetivos y sus hipótesis de guerra. El Ejército dejó de ser el guardián de las fronteras para convertirse en guardián del orden interno. La defensa nacional fue reemplazada por la defensa de los principios y valores del mundo occidental. La guerra cambió de forma para transformarse en guerra contrarrevolucionaria. La lucha contra la subversión justificó la intromisión de los militares en la vida política la Argentina.
El tema del “peligro comunista” no era nuevo, pero la Revolución Cubana de 1959 le otorgó un contenido diferente. En 1961, los Estados Unidos rompieron relaciones con el gobierno cubano y la Guerra Fría se instaló en el continente americano. Con el objetivo de aislar a Cuba para impedir la propagación del comunismo en el resto de América latina, el presidente norteamericano John Kennedy instó a los ejércitos latinoamericanos a que coordinaran la lucha contrarrevolucionaria.
En la Argentina de mediados de la década de 1950 y principios de la de 1960 la amenaza que realmente percibían lo militares se asociaba más bien con el peronismo que con el comunismo, y la evaluación que realizaran acerca de su potencial subversivo.


EL ESTADO BUROCRÁTICO AUTORITARIO


“Posteriormente, en 1966 –y en la década del ‘70- se inicia la fase burocrático-autoritaria del estado. Esta se caracterizó por la exclusión política y la presencia de corporaciones industriales al poder. Suponía que la única restricción al proyecto de desarrollo y modernización del país residía en el alto nivel de conflictividad social de la época, la forma en que se había realizado la incorporación de la clase obrera y la ineficacia de la política demoliberal.
Este régimen autoritario estaba fundado en la hipótesis de una guerra interna de carácter ideológico, articulada en torno al conflicto entre capitalismo y comunismo, y asentada en le retórica de la modernización y la inserción en la civilización occidental y cristiana. El diagnóstico en el que se asentaban era el de una situación donde prevalecía una creciente movilización de masas que desbordaban al estado, con el riesgo de una amenaza incontrolable para el orden social vigente.
Adopta la forma inédita de un estado militar que no dependía de un caudillo sino que es producto de operaciones planificadas por los estados mayores de las FF.AA. En el mismo las posiciones superiores de gobierno estarán ocupadas por personas que accedían provenientes de organizaciones complejas y altamente burocratizadas (fuerzas armadas, grandes empresas). Este era un sistema de exclusión política y económica, despolitizante, que se corresponde con la etapa de profundización del capitalismo periférico y dependiente pero también dotado de una extensa industrialización Estos regímenes militares eran partidarios del libre juego del mercado, al que concebían como el ámbito por excelencia de la libertad individual. En tanto la esfera de responsabilidad del estado debía ser subsidiaria. El estado autoritario era un estado gendarme entre cuyas funciones ese encontraba garantizar y resguardar el mercado como órgano regulador económico y social básico.”
Fuente: Iriarte, Alicia. Modelos de estado en la Argentina, Mendoza, UNCuyo, FfyL, s/f

La Argentina autoritaria. La radicalización política
El 16 de setiembre de 1955, noventa días después de la masacre en Plaza de Mayo, por los bombardeos de algunos aviones, el Ejército y la Armada derrumban al régimen peronista, la “segunda tiranía” que había asolado a la Argentina. La “primera dictadura” había sido, según los ideólogos de este golpe de estado, la etapa de Rosas en el siglo XIX. Por eso, el golpe se autotituló “Revolución Libertadora”, porque venía a liberar al país de un régimen despótico, antirepublicano, y popular.

Pero no venía a sacar a Perón del poder solamente. Su intención era organizar la vida política, evitar las desviaciones peligrosas del populismo, cortar todo atisbo de cambio social profundo. Para eso era necesario una fuerte reorganización política y además, la tutela constante del poder militar sobre la política, para evitar futuros inconvenientes. Así, las fuerzas armadas se erigían en un verdadero “partido” militar, dispuesto a intervenir en la vida política cuantas veces fuera necesario, para lograr aquellos objetivos. Y la primera instrumentación de estos objetivos es prohibir al peronismo, a quien responsabilizan de todos los males que sufría el país. Igual que en 1930, cuando el acusado había sido Yrigoyen, ahora Perón era visto como el factor de conflicto. Algo que Perón no estaba dispuesto a asumir, por supuesto.

Viñeta publicada el día del golpe contra Illia

Desde este momento, en Argentina, se instala pues una lógica política de la que no hay salida, y va llevando inexorablemente a una espiral de violencia política y de crisis de la que costarían décadas salir. Podríamos resumirla así:
  • el primer factor es el militarismo: el Ejército, en particular, se siente responsable tanto como capacitado de intervenir en la vida política del país. El militarismo, patología de lo militar, considera que es el único que puede sacar al país del caos, que es necesario intervenir. Esto desnaturaliza la función inicial de las fuerzas armadas, su función profesional, y las transforma en factor político. Su misión es impedir el regreso del peronismo, y la desperonización de la Argentina.
  • El segundo factor es el propio peronismo. A pesar de las masivas muestras de apoyo al golpe de 1955, la sociedad argentina se fragmenta, y la fisura es de clase: los sectores populares se asumen como esencialmente peronistas. Y este “pueblo peronista”, toma en sus manos, a través de la dirigencia sindical peronista, la resistencia contra el régimen militar que los persigue incansablemente. El líder desde el exilio, sigue teniendo el control de su movimiento político, y se da cuenta de que es esencial para la solución de las crisis: el peronismo no puede quedar al margen, porque representa claramente a las mayorías. Si no puede participar, su consigna es no favorecer a ningún gobierno que no levante las impugnaciones. Así, cualquier salida política, tanto democrática como militarista, no contará en adelante con el apoyo de las mayorías.
  • Un tercer elemento es la institucionalidad republicana. Efectivamente, los militares quieren evitar el regreso del peronismo, por lo cual colocarán en el poder a sucesivos gobiernos inexorablemente débiles: no cuentan con el apoyo de las mayorías. Y es necesario que sean débiles, para poder controlarlos. Las fuerzas armadas son las garantes de estos gobiernos democráticos. Pero a la vez, estos gobiernos se encuentran en un callejón sin salida: dependen del poder militar, pero, por su naturaleza democrática, deben aceptar la participación política del peronismo, que, si no lo logra, es un factor de desestabilización constante, pero si se le permite su participación, también lo es. Apenas es levantada la impugnación contra el peronismo, los militares intervienen y derrocan a estos regímenes.
Así, hay una constante alternacia entre dos polos irreductibles:



Y así, se reinicia el circuito.
Este esquema condiciona toda la vida política en Argentina hasta 1983. Así surgieron los gobiernos tutelados de Frondizi (1958-1962), Illia (1963-1966) y Martínez de Perón (1974-1976).
Sin embargo, hay un nuevo elemento que interviene crecientemente. Desde 1959, Cuba es un ejemplo de revolución socialista, popular y transformadora. Los sectores políticos de América latina, saben que para romper este cerco inexorable, deben recurrir a la violencia política. Desde entonces, la radicalización de la política tiene su justificación en las proscripciones: si no se puede participar, es necesario resistir.

La radicalización política hasta 1976
La recurrente presencia militar en el gobierno, y el control sobre los gobiernos democráticos hicieron crisis en 1969.
La intensa movilización y militancia política, sindical, cultural y social, en un clima mundial de crisis (Mayo Francés, Primavera de Praga, conflictos estudiantiles en las universidades norteamericanas, militancia antibélica, Masacre de Tlatelolco), condujeron a que la dictadura burocrática de Onganía, en 1966 no pudiera evitar ese clima y esa efervescencia en Argentina. La profundización de la represión interna condujo a un intenso levantamiento popular en Córdoba en 1969.
Cordobazo, 1969
Desde el Cordobazo, el gobierno militar establecido en 1966 quedó a la defensiva y la oposición peronista aceleró su cercamiento. En 1970 hacía su aparición dos movimientos guerrilleros en el país y se sumaban a los ya existentes:
  • el Ejército Revolucionario del Pueblo, de orientación guevarista
  • Montoneros, de orientación peronista
La sociedad en esta década, alcanzó una intensa militarización: la política cedió paso a las tácticas, las confrontaciones, las lógicas militares en la conducción política. Enemigo, copamiento, estrategia, aniquilamiento, etc., reemplazaron a las formas de hacer política propias de las sociedades democráticas.
El gobierno militar, acorralado por la disidencia interna, los conflictos políticos, la intensa militancia política y los grupos guerrilleros, en 1972 debió admitir la necesidad de una salida electoral a corto plazo.
El líder militar que había logrado llegar a la presidencia, Lanusse, se dispuso dirigir una transición controlada. Intentó, como todos sus antecesores, urdir una salida electoral limitada, que respondiera al esquema de gobiernos tutelados. Mediante el Gran Acuerdo Nacional inició negociaciones con los partidos tradicionales y con los sectores peronistas sindicales que aprovecharon la oportunidad de construir un "peronismo sin Perón". 
Sin embargo, el GAN fracasó y en 1973, el peronismo derrotó ampliamente en elecciones libres a la oposición política. El 25 de mayo llegó a la presidencia Héctor Cámpora, y luego de un nuevo llamado a elecciones, el 12 de octubre de ese año regresaba al poder Juan Perón, en un momento en el que el peronismo se fracturaba intensamente.

El tercer peronismo y el golpe de 1976

La llegada de Cámpora al gobierno y el retorno de Perón marcaron un punto de inflexión para las organizaciones armadas. La eclosión de la movilización popular y la euforia por el triunfo sufrieron su primer revés en Ezeiza.
El 20 de junio de 1973, Perón regresaba de un largo exilio de 18 años. Se preparó una multitudinaria bienvenida en el aeropuerto de Ezeiza. Sin embargo, fue el campo de batalla de las alas del peronismo. El enfrentamiento entre grupos de derecha e izquierda dejó un importante saldo de muertos y heridos.
Ezeiza, 1973
Los Montoneros iniciaron la lucha por definir su lugar en el movimiento y ganar a Perón para su causa. Las otras organizaciones armadas consideraban no menos conflictiva la situación. No confiaban en la democracia y no veían en Perón al líder capaz de implantar el socialismo. Después de una breve tregua, reiniciaron la lucha armada contra el Gobierno.
Montoneros, en cambio, desplazados poco a poco de los espacios de poder, se negaban a romper con Perón y esgrimían la “teoría del cerco” (Perón rodeado por la derecha del movimiento), que les permitía reivindicar su liderazgo y orientar su lucha contra los “traidores” dentro del mismo peronismo. Esta fue la causa del asesinato de José Rucci, secretario general de la CGT. La guerra interna sería contra la Triple A, organizada por López Rega. La ruptura se produjo el 1 de mayo de 1974, en la Plaza de Mayo, cuando Perón rechazó a los Montoneros.
En julio de 1974 el presidente muere y le sucede su esposa, María Estela Martínez. La nueva situación favoreció ampliamente al ala derecha del partido, representada por el ministro López Rega. Prontamente, la represión paramilitar generó una escalada de violencia política, mientras que el gobierno giraba más decididamente hacia posiciones autoritarias.
En ese contexto, se intensificaron los secuestros, las muertes y las operaciones militares, y aumentó la represión. En 1975, el gobierno de Isabel convocó a las Fuerzas Armadas para exterminar el foco guerrillero del ERP en Tucumán.
En diciembre de ese año un intento de golpe de estado urdido por un sector pequeño de las fuerzas armadas preanunciaban el final. El 18 de diciembre una facción de la Aeronáutica tomó algunas radios, emitió comunicados y desconoció al gobierno. Pero no recibió el apoyo del nuevo jefe de las Fuerzas Armadas, Jorge Videla, quien lo consideró apurado.
Ataque a Monte Chingolo, ERP
Sin embargo, desde entonces, una espiral de violencia aceleró el tránsito al golpe militar. El 24 de diciembre ERP llevó adelante un ataque a un cuartel militar, del que salió derrotado militarmente. Los paramilitares aumentaron los secuestros y desapariciones; las instituciones quedaron virtualmente paralizadas. Los empresarios también se sumaron con un lockout

En ese clima enrarecido, el 24 de marzo de 1976 un nuevo golpe frenó el proceso político que se había iniciado para solucionar la crisis en el marco institucional. Se habían convocado a elecciones presidenciales para octubre, pero las fuerzas armadas no estaban dispuestas a esperar.

DICTADURA MILITAR 1976-1983

La radicalización de los sectores medios

GAGGERO, Historia de América en los siglos XIX y XX. Buenos Aires, Plus Ultra, 2006.

En la década de 1960, se asistió en Europa a un crecimiento importante de la educación universitaria que se vio reflejado en la propagación de centros universitarios y en la cantidad de alumnos que ingresaban en las carreras de estudios superiores. La gran expansión capitalista motorizada por el Estado de Bienestar permitió que muchísimas familias de clase media y de algunos sectores obreros pudieran también costear los estudios universitarios de sus hijos con el fin de que adquiriesen una titulación prestigiosa para el ascenso social.

Estos grupos de jóvenes universitarios de clase media se con­virtieron en focos insurreccionales en contra del orden estableci­do y en un nuevo sujeto político y social. El mayo francés (1968) se constituyó, según el análisis de Eric Hobsbawm, más que en una rebelión imbricada en la economía y en la política en una revolución cultural y generacional, que tenía como objetivo principal embestir contra los valores heredados de la tradicional clase media y el poder hegemónico. Sin embargo, la radicalización política de izquierda les permitió encontrar su lugar en la sociedad de la época e impactar con su retórica, manifestaciones públicas, toma de universidades y "graffiti" en otros sectores de la sociedad como el de los obreros, estimulándolos a la movilización y al reclamo. Fue la denominada "protesta de la abundancia", de los últimos años de expansión del Estado de Bienestar en los países centrales de Occidente. En este sentido, esa revolución cultural tenía también otro tipo de alcances: democratizar las condiciones políticas, económicas y sociales del momento.

¿Cómo impactó esta coyuntura internacional en América lati­na? La realidad económica, social y política de la región era sus­tancialmente diferente de la de los países centrales. El intento de imponer una política de desarrollo para América latina de parte de los Estados Unidos estuvo enmarcada en dos puntos: por un lado, contener el impacto de la Revolución Cubana (1959) y por otro, reajustar las relaciones de dominación que tenían con Amé­rica latina. En la mayoría de los casos, la situación política de la región estuvo caracterizada por regímenes autoritarios con un apoyo, primero velado y después abierto, de los Estados Unidos a través de la implementación de la Doctrina de Seguridad Nacio­nal luego del fracaso de la Alianza para el Progreso. En América latina, las condiciones de exclusión social y económica eran po­derosas y, en ese contexto, las clases medias latinoamericanas no podían conseguir su inserción en el esquema político.
Un número importante de jóvenes de clase media accedió a la universidad en la década de 1960. Si bien las universidades latinoamericanas siempre tuvieron un papel preponderante dentro de la vida política, en esa década adquirieron un cambio cuanti­tativo y cualitativo relevante. Esta universidad fue el escenario de expansión de la prédica y la acción de una nueva intelectualidad de izquierda.
Desde el momento de la independencia, los intelectuales ocu­paron lugares claves en las sociedades latinoamericanas. Estuvie­ron presentes en la actividad política, a través de la difusión de ideas locales e importadas, en la elaboración de planes de go­bierno y en la formación de profesionales en las universidades: "los intelectuales se situaron con frecuencia justo en el intersti­cio entre América latina y el resto del mundo, y entre un Estado fuerte y una sociedad civil débil." Es decir, se convirtieron en portavoces de sectores de la sociedad, acallados por mucho tiem­po o sin voz.
Durante las décadas de 1960 y 1970, la intelectualidad de iz­quierda sostuvo ideas que fueron la constante de su réplica:

  1. nacionalismo e integridad nacional, en el marco de la descolonización, la formación del Tercer Mundo y el dependentismo o antimperialismo;
  2. desigualdad y pobreza, la concentración de la riqueza en manos de unos pocos y la pauperización cada vez más acentuada de la mayoría;
  3. democratización y resistencia frente a los regímenes autoritarios, teniendo como baluarte esencial la defensa de los derechos humanos.
La izquierda intelectual latinoamericana, notablemente influenciada por la Revolución Cubana y las propuestas insurreccionales de Ernesto "Che" Guevara, se convirtió en una izquierda revolucionaria. Alejada y crítica del modelo soviético se acercó a las propuestas heterodoxas del maoísmo ensayando una nueva dinámica que exigía una confrontación permanente de la teoría con la realidad nacional para la acción.
La teoría del foco insurreccional o "foquismo" fue una estrategia de lucha revolucionaria aplicando las premisas que llevaron al triunfo de la Revolución Cubana: "1) las fuerzas populares pueden ganar una guerra contra el ejército, 2) no siempre hay que esperar que se den todas las condiciones para la revolución; el foco insurreccional puede crearlas, 3) en la América subdesarrollada, el terreno de la lucha armada debe ser fundamentalmente el campo".

Así lo expresó la formación de guerrillas rurales y urbanas. Sin embargo, la muerte del "Che" Guevara en Bolivia (1969) demostró que la teoría foquista muchas veces contrastaba con la realidad social y política de la región, provocando esto un impulso hacia las guerrillas urbanas que tenían un desarrollo y una di­námica muy distinta de las rurales. Requerían mayor grado de organización y espectacularidad en sus actos, desestabilizando al poder desde el mismo centro del poder. Esto, a su vez, ocasiona­ba una violencia mucho mayor y una represión generalizada ha­cia todo el conjunto de la sociedad civil.
Para que la revolución fuera posible, esa nueva izquierda, que se presentaba a sí misma como la "vanguardia", debía conectar­se con las masas para ser legitimada en esa posición. Para ello utilizaron el legado político y social de los regímenes populistas desarrollados en América Latina en las décadas de 1930 y 1940. Practicaron, entonces, el "entrismo", es decir, entrar en las bases para concientizarlas y movilizarlas a la acción.
La nueva izquierda que aglutinaba a esos sectores medios también tuvo sus expresiones en el arte: la música, el periodis­mo, las ciencias sociales; en los escritores del llamado "boom latinoamericano"; en el movimiento de liberación femenina y en la teología de la liberación.
La "Iglesia de los Pobres" se levantaba en América latina pa­ra la acción revolucionaria. La premisa de "Cristo Encarnado" en los oprimidos, en los que padecen hambre y dolor fue el sus­tento ideológico de un grupo importante de teólogos católicos y protestantes, quienes plantearon la necesidad de que el clero latinoamericano asumiera un compromiso social y una actitud crítica ante el orden imperante en el Tercer Mundo.

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